Así brillando, se encontraron atravesando la espesura oscura de un portal sin salidas, un portal que les parecía infinito.
Se tomaron de la mano, sin dejar de descubrirse poco a poco, mientras el brillo de cada uno ponía en evidencia los ojos del otro.
Lentamente, los segundos se viciaron de aceleración y los leves pasos de sus caminos encontrados los llevaron lejos, dejando atrás mil caos, atravesando millones de piedras y noches, resignándose a dejar algunos claros sin disfrutar.
Pero encontraron un peligroso cruce. Un puente débil, quizá, difícil de cruzar, debajo un frío cauce que oculta filos y durezas, agua amarga, el fin.
Llora, llora tanto, teme por la ausencia del brillo, explota y grita.
Dolerá.



