Y a pesar de que no puedo evitar sentir patinar unas cálidas muestras de agua amarga por mi mejilla izquierda (la derecha también, en realidad), estoy escribiendo esto para no dejar pasar las letras que salen de mí. Y a pesar de que estoy temblando y me duele la panza, no puedo negar que envidio tu fortaleza para salir de acá. Ahg, me arde la piel, es así, y tiemblo y me duele la panza cuando me pongo tan nerviosa, ansiosa y desesperada, y miedosa y quiero desaparecer y no existir más.
Es tan difícil intentar dejarte ir, intentar darle cabida en mi mente a la idea de que no te hago feliz, de que podés y querés seguir otras migas de pan, otras flechas, otras palomas. No quiero atarte y sin embargo, sí quiero. No quiero amarte, y te amo. No quiero extrañarte pero te extraño. No debo hablarte, pero te hablo. No debo ni quiero, pero lo hago. ¿Hay excusas? No puedo con mi genio ni siquiera por vos.
Y yo que pensé que habías cambiado… Lo peor de todo esto es que no lo has hecho y eso hace que más me duela estar desapareciendo, sí, así, como en el poema de Cortázar que tanto me identifica. No es momento de negármelo… No.
¿Vas a leer esto, fantasmita? Qué más da… a vos va dirigido.
