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martes, 15 de febrero de 2011

Cuando no queda nada



El silencio me despertó y me encontró sola en una habitación, las paredes resquebradas, el olor a humo penetrante... No habían muebles, ni sillas, ni mesas, ni camas, sólo yo y mi taquicardia. Parecía ser de noche y tuve miedo de salir pero quería ver más. 
El asfalto estaba duro y helado, el cielo no era negro puro, sin un gris siniestro, anubarrado, terrible. Una neblina inundaba las calles vacías. En busca de tus alas, caminé horas, días, semanas... Y el escenario no variaba, era totalmente inmutable, terco y silencioso, hostil y mortal. No había luz, no había alma alguna, no había soles ni estrellas, no había tiempo, ni refugios, ni espera, ni siquiera un poquito de cariño, ni reservas de deseo.

Entonces entré a un edificio de infinitas escaleras y cuando llegué a la primera puerta sentí que estaba cerca.

Entonces estabas un tanto dormido, un tanto irreal, sobre una cama... Parecías delirar de fiebre. Me arrodillé a tu lado para acariciarte pero mis manos ya no podían tocarte, mis dedos se deslizaban a través de tu cuerpo y mi presencia estaba en el pasado. Me di cuenta de que ni siquiera soy un recuerdo vivo.
Parecías reír y llorar al mismo tiempo. Quería curarte, quería abrazarte, pero yo no existía. Y te perdía, poco a poco, te perdía, mientras desaparecías incansablemente.


Hoy el teclado fue mi piano, y mis sentimientos la música de estas letras que nunca serán leídas por su destinatario.