Vistas de página la semana pasada

sábado, 30 de mayo de 2009

Palabras que piden perdón, palabras que no pueden dejar de ser

Marcas, vestigios, ruidos, imágenes, papeles de colores, hojas, nubes, lluvia, sonrisas, lágrimas, pisadas, caminos, palabras, susurros, cosquillas, tiempo, lugares. Todos guardados en el cajón, en el cajón abierto. No saben enajenarse del presente. No se puede ahorcar el corazón dejando que la sangre siga circulando.
En medio de mi garganta siguen intactas tantas palabras borradas, reprimidas por la mente, atiborradas de sentidos, censuradas, prohibidas, inmóviles, cansadas de permanecer congeladas en el mismo sitio. Palabras, palabras que quieren dejar de ser, pero son, palabras que no enseñé pero que quedan como espinas en mi garganta para no ser espinas en otro lugar, palabras que no quieren revolver, que no quieren recordar, que no quieren hacer mal, que sólo intentan volverse invisibles para no lastimar al que ya sufre desangre y si pudieran suicidarse se tirarían por un acantilado al mar para no volver jamás, para no hacer llorar. Palabras que connotan demasiado. Palabras que cada vez sienten ser más y más tardías. Palabras que sienten, palabras que desahogarían y ahogarían si se revelaran ante mi dictadura. Palabras integrantes de sectas, de organizaciones secretas que la atmósfera no debe conocer. Son tantas palabras y hacen tanto por amor. Palabras de esas que el viento no lleva nunca, no puede arrastrarlas porque pesan demasiado.
En cada momento solitario la imagen se queda inmóvil ante los ojos. Pero no es la imagen de enfrente, por supuesto, todo lo contrario. Es ahí cuando se escuchan a lo lejos las canciones, las melodías hermosas de un piano cruel frente a las que se rinden mis ojos, alejan las espadas, el fuego y ya no les queda más que sentirlas, ya no les queda chance, ya ni siquiera tienen fuerza para evitar…evitar todo lo que sigue. Mi barco tiene su ancla bien enterrada en el fondo, y como a alguien le dije, no tengo ni botella, ni pluma, ni papel… Le tengo miedo a esas olas gigantes, son enormes y yo cuento sólo con un impermeable. Qué absurdo…Como si eso me salvara de todo el mar!

viernes, 29 de mayo de 2009

Lejanía en impotencia


Ya ni siquiera pido una segunda jugada
para intentar atacar y derribar tus fuertes,
para intentar surgir el cansancio de tus brazos
y que, ya así, las paredes en ruinas
puedas entender al ver mis ojos
lo que intentan gritar las espadas.

Tan lejos estás, tan lejos tus pisadas.
Este aire se contamina de ausencia.
El ardor en mis manos inútiles y degradables
que no pueden transgredir las dimensiones hasta alcanzar tus labios, me consume ácidamente hasta la médula. Sólo quedan tumbas rellenas de aquella vida
envuelta en la presencia de tu aliento, que suave,
respondía a mis temores y, cual polvo de hada,
me hacía flotar sobre las espinas enjugadas en desdicha
sobre las que caí al aterrizar.

jueves, 28 de mayo de 2009

Liquidación de saldos


Me siento morir en ti, atravesado de espacios que crecen,
que me comen igual que mariposas hambrientas.
Cierro los ojos y estoy tendido en tu memoria, apenas vivo,
con los abiertos labios donde remonta el río del olvido.
Y tú, con delicadas pinzas de paciencia me arrancas
los dientes, las pestañas, me desnudas
el trébol de la voz, la sombra del deseo,
vas abriendo en mi nombre ventanas al espacio y agujeros azules en mi pecho
por donde los veranos huyen lamentándose.
Transparente, aguzado, entretejido de aire
floto en la duermevela, y todavía digo tu nombre
y te despierto acongojada.
Pero te esfuerzas y me olvidas,
yo soy apenas la burbuja que te refleja,
que destruirás con sólo un parpadeo.

Julio Cortázar

viernes, 22 de mayo de 2009


Intento descifrar códigos que ya son imposibles de entender. Me ha vencido la histeria y la desesperación llevándome a un abismo tan oscuro que no puedo ver ni siquiera la punta de mi nariz. No puedo sentir siquiera la dureza de las piedras de las paredes que me rodean. Es tan profunda la oscuridad. Tengo tanto miedo de no encontrar el camino de regreso. Ya no puedo encontrarme ni a mí misma, ya perdí el control. Y se me resbala la tranquilidad, la paciencia de las manos, y empiezo a temblar, a temblar, a temblar. Y las mejillas me arden y ahogo el sonido en el mismo silencio, o me tapo la boca, o lo ahogo en mi agua, lo ahogo, lo ahogo, pero renace mil veces. No puedo terminar de matar el sonido, es demasiado fuerte, me está llevando tan lejos. No entiendo adónde voy a llegar. Intento descifrar códigos, no puedo, no puedo controlarme. Desde mis ojos hasta mi cerebro vuelan palabras y sentidos que no puedo entender. No sé qué interpretar. No sé y las mejillas me arden, se prenden fuego y el incendio no cesa. No para. No para. No para. Tengo miedo a que nada quede vivo. Quisiera poder, así como puedo con otras personas, apagarme, tratar de calmar las llamas. Y me desfigura la vida el hecho de que los elefantes sean tan grandes. Tan grandes que no se pueden ver desde los ojos de una hormiga. Tan grandes que pierden importancia, que pierden valor, que se quedan ahí, sólo siendo un gris... un gris y nada más que un simple gris. Y es que ya no aguanto..no aguanto..no aguanto. Es horrible tener que medir palabras, tragarme los gritos, tragarme lo que siento, tratar de estar mejor y no llegar, no llegar nunca. Avanzo y retrocedo, me quedo estancada. Demasiadas explosiones en poco tiempo, demasiadas, demasiada pólvora. Siento entre mis ramas un vacío que se va contra mi pecho y presiona, me quita el aire de los pulmones, me tira, me caigo. Demasiado vacío, un pesado vacío. Y escribo esto como un ruego de catarsis que ya culmina con su súplica. Odio los milagros. Los odio porque tiendo a confiar en ellos y no me dan la mano. Todos los días espero un milagro y no lo encuentro. Y si sigo con las palabras, va a ser peor.

Mente y corazón


No dejo a la deriva lo que siento.
El deseo de viajar demasiado lejos
en un bote con alas hechas viento..
Miles de luciérnagas chispeantes
a través del cristal de los corazones.
Atravesarlos con la vista, sentirlos.

Escuchabas…
¿Era un sueño todo aquello?

Me encontrabas en el caótico carnaval
atormentado en sombras y en luces..
No había miedo, no había brumas…
No había fantasmas, no había sombras...
No más que mi voz escuchabas…

La mejor hermosura en las cosas más simples.
La mejor aventura en su complejidad.
Cuántas veces el intento de olvidar
que sólo vos y yo somos esa capacidad.

La profundidad en el suspiro,
las miradas encendidas en estrellas sin número,
el terremoto en las manos,
el asfixio de la respiración,
las ideas se embriagaban con pócimas ilusas.
Y hoy tu mente hizo rídiculo el corazón.

Delirium

miércoles, 13 de mayo de 2009

Arborecer


Cada vez que vemos ese leve objeto merodear el aire hasta contactar el suelo, pasamos inadvirtiendo qué ha ocurrido. El árbol puede que se canse a veces de tener el mismo look, lástima no entender por qué desea pelarse cuando invaden las temperaturas bajas. Cosas de árbol. Qué ideas, aunque depende de qué apellido tenga. El árbol puede que se canse a veces de sostener durante tantos meses tantos niños jugando en sus ramas, seguramente también lo agota el incesante parloterío cuando llega desde algún punto cardinal algún viajero constante y las hojas locas se divierten con él. Las hojas juegan, gritan y el viajero las cuelga de sus brazos, las hace girar, las lleva, las trae, las sopla, les hace cosquillas. Todo, y todo mientras el pobre árbol no puede moverse. Y sí. Cansancio de árbol. Pocas posibilidades le quedan cuando, encima, ve que sus inquilinas se arrugan más, se ponen duras y amarillas, secas y marrones, se quejan como abuelitas y reclaman la visita de algún viajero. Empiezan a creer que nadie se acuerda de ellas y lo aturden, aturden al árbol cansado. Son tan mañosas y caprichosas. Hojas, hojas. Y sí. Cansancio de árbol. Les pide amablemente que hagan silencio, que paguen el alquiler, que al menos lo dejen dormir y no. Ellas se le ríen. Y sí. Cansancio de árbol. Empieza a soltarlas una por una, las echa por la fuerza, pues tiene que preparar las habitaciones para la próxima temporada. Ay, hojas, insistentes, tercas y egoístas, se sostienen con todas sus fuerzas y ya no quieren la visita de nadie, porque es en esos momentos cuando es más fácil despojarlas de las ramas. Entonces, ahí, mi cansancio. Voy y las reto. A los escobazos las saco y procuro alejarlas lo más posible. Árbol, está tan cansado. Le doy una cucharada de medicina y le remuevo la tierra así se siente más cómodo y no piensa tanto en este frío de día de nubes. Ojalá pudiera hacer algo por ellos, para que se lleven bien y no tengan que hacer toda esa ceremonia anual. Aunque no lo crean, las hojas me dan un poquito de lástima. Todas por ahí, sin amparo, aunque juegan con todos los viajeros que quieren y con más libertad aún, pero son más vulnerables a ser pisoteadas por la gente que pasa, por los niños que adoran oírlas crujir.

Atresitzv


Una bola de espinas que nos camina por la espalda, va, viene, sube, baja. Las espinas inyectan un veneno que nos llega hasta la médula y nos convierte en zombies. Las miradas perdidas, las miradas sin ver, ciegos a lo que hacemos, ciegos al pensar, sólo reacciones y seguir caminando. Un día, la sal ácida en líquido se nos desborda de cada recipiente y empieza a perforar nuestras mejillas, nuestros labios, nuestra ropa, nuestras manos, nuestra almohada nocturna. Hasta contamina nuestra garganta. El veneno se escapa por los poros, por nuestra voz, por la respiración cada vez más agotada, por nuestros pasos cada vez más metidos en el suelo. Nuestros ojos delatores se esconden tras máscaras, ya sólo quieren escondites. Todo es tan degradable y un quedarse en blanco. La bola de espinas es un ser chiquito que luego se mete a nuestro estómago y afecta todos nuestros sistemas. Algún día, luego de su estadía usualmente extensa, salta y corre, persigue a otro. Su lugar es ocupado por un ser risueño que nos acompaña y, para hacernos reír, nos hace cosquillas. Puede crecer, pero necesita de muchos cuidados y de entretenimiento, sino se aburre fácilmente y se va a jugar a otro lado.