
Ojalá la tinta tan sólo se escapara de los ojos, de una buena vez, para no manchar tantos papeles inútiles y mirarlos luego con expresión de nada, sabiendo que me vacío en ellos. Igualmente, es algo inevitable. Igualmente sería un problema que la tinta saliera por mis ojos, no podría evitar manchar todo, aunque tenga cuidado. Se mancharía mi ropa, seguramente, mi almohada, mis sábanas, el piso, los pañuelos, el lavamanos, el espejo, las toallas, y todo cuanto pase frente a mí mientras dure el desagote, porque tanta fuerza la tinta tendrá que no se comparará con la presión de las lágrimas saladas normales, que salen tímidas y se escurren por la cara…
Ojalá la tinta de deshiciera. Me cansa a veces tenerla adentro, ahí, siempre, constantemente, nunca transparente, molestando en cada movimiento, resuena el sonido líquido en mi interior. Y digo siempre, porque aún cuando creemos que se desagota, algo queda, algo queda, como cuando tomamos un jugo con sorbete, algo siempre queda. De un poquito se reproduce por dos, por tres, por diez, por mil…
Nunca te deja en silencio, tranquilo, absorto ante tanto vacío.
Ojalá la tinta…ojalá la tinta no fuese nuestra propia vida, nuestra propia posibilidad de sentir, es decir, nuestra propia posibilidad de ser, porque somos cuanto sentimos.
Y sin tinta, soy inservible. Sin tinta, no soy.
Sin tinta, no vivo. Sin tinta sólo soy un envase vacío.
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