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viernes, 22 de mayo de 2009


Intento descifrar códigos que ya son imposibles de entender. Me ha vencido la histeria y la desesperación llevándome a un abismo tan oscuro que no puedo ver ni siquiera la punta de mi nariz. No puedo sentir siquiera la dureza de las piedras de las paredes que me rodean. Es tan profunda la oscuridad. Tengo tanto miedo de no encontrar el camino de regreso. Ya no puedo encontrarme ni a mí misma, ya perdí el control. Y se me resbala la tranquilidad, la paciencia de las manos, y empiezo a temblar, a temblar, a temblar. Y las mejillas me arden y ahogo el sonido en el mismo silencio, o me tapo la boca, o lo ahogo en mi agua, lo ahogo, lo ahogo, pero renace mil veces. No puedo terminar de matar el sonido, es demasiado fuerte, me está llevando tan lejos. No entiendo adónde voy a llegar. Intento descifrar códigos, no puedo, no puedo controlarme. Desde mis ojos hasta mi cerebro vuelan palabras y sentidos que no puedo entender. No sé qué interpretar. No sé y las mejillas me arden, se prenden fuego y el incendio no cesa. No para. No para. No para. Tengo miedo a que nada quede vivo. Quisiera poder, así como puedo con otras personas, apagarme, tratar de calmar las llamas. Y me desfigura la vida el hecho de que los elefantes sean tan grandes. Tan grandes que no se pueden ver desde los ojos de una hormiga. Tan grandes que pierden importancia, que pierden valor, que se quedan ahí, sólo siendo un gris... un gris y nada más que un simple gris. Y es que ya no aguanto..no aguanto..no aguanto. Es horrible tener que medir palabras, tragarme los gritos, tragarme lo que siento, tratar de estar mejor y no llegar, no llegar nunca. Avanzo y retrocedo, me quedo estancada. Demasiadas explosiones en poco tiempo, demasiadas, demasiada pólvora. Siento entre mis ramas un vacío que se va contra mi pecho y presiona, me quita el aire de los pulmones, me tira, me caigo. Demasiado vacío, un pesado vacío. Y escribo esto como un ruego de catarsis que ya culmina con su súplica. Odio los milagros. Los odio porque tiendo a confiar en ellos y no me dan la mano. Todos los días espero un milagro y no lo encuentro. Y si sigo con las palabras, va a ser peor.

Mente y corazón


No dejo a la deriva lo que siento.
El deseo de viajar demasiado lejos
en un bote con alas hechas viento..
Miles de luciérnagas chispeantes
a través del cristal de los corazones.
Atravesarlos con la vista, sentirlos.

Escuchabas…
¿Era un sueño todo aquello?

Me encontrabas en el caótico carnaval
atormentado en sombras y en luces..
No había miedo, no había brumas…
No había fantasmas, no había sombras...
No más que mi voz escuchabas…

La mejor hermosura en las cosas más simples.
La mejor aventura en su complejidad.
Cuántas veces el intento de olvidar
que sólo vos y yo somos esa capacidad.

La profundidad en el suspiro,
las miradas encendidas en estrellas sin número,
el terremoto en las manos,
el asfixio de la respiración,
las ideas se embriagaban con pócimas ilusas.
Y hoy tu mente hizo rídiculo el corazón.

Delirium

miércoles, 13 de mayo de 2009

Arborecer


Cada vez que vemos ese leve objeto merodear el aire hasta contactar el suelo, pasamos inadvirtiendo qué ha ocurrido. El árbol puede que se canse a veces de tener el mismo look, lástima no entender por qué desea pelarse cuando invaden las temperaturas bajas. Cosas de árbol. Qué ideas, aunque depende de qué apellido tenga. El árbol puede que se canse a veces de sostener durante tantos meses tantos niños jugando en sus ramas, seguramente también lo agota el incesante parloterío cuando llega desde algún punto cardinal algún viajero constante y las hojas locas se divierten con él. Las hojas juegan, gritan y el viajero las cuelga de sus brazos, las hace girar, las lleva, las trae, las sopla, les hace cosquillas. Todo, y todo mientras el pobre árbol no puede moverse. Y sí. Cansancio de árbol. Pocas posibilidades le quedan cuando, encima, ve que sus inquilinas se arrugan más, se ponen duras y amarillas, secas y marrones, se quejan como abuelitas y reclaman la visita de algún viajero. Empiezan a creer que nadie se acuerda de ellas y lo aturden, aturden al árbol cansado. Son tan mañosas y caprichosas. Hojas, hojas. Y sí. Cansancio de árbol. Les pide amablemente que hagan silencio, que paguen el alquiler, que al menos lo dejen dormir y no. Ellas se le ríen. Y sí. Cansancio de árbol. Empieza a soltarlas una por una, las echa por la fuerza, pues tiene que preparar las habitaciones para la próxima temporada. Ay, hojas, insistentes, tercas y egoístas, se sostienen con todas sus fuerzas y ya no quieren la visita de nadie, porque es en esos momentos cuando es más fácil despojarlas de las ramas. Entonces, ahí, mi cansancio. Voy y las reto. A los escobazos las saco y procuro alejarlas lo más posible. Árbol, está tan cansado. Le doy una cucharada de medicina y le remuevo la tierra así se siente más cómodo y no piensa tanto en este frío de día de nubes. Ojalá pudiera hacer algo por ellos, para que se lleven bien y no tengan que hacer toda esa ceremonia anual. Aunque no lo crean, las hojas me dan un poquito de lástima. Todas por ahí, sin amparo, aunque juegan con todos los viajeros que quieren y con más libertad aún, pero son más vulnerables a ser pisoteadas por la gente que pasa, por los niños que adoran oírlas crujir.

Atresitzv


Una bola de espinas que nos camina por la espalda, va, viene, sube, baja. Las espinas inyectan un veneno que nos llega hasta la médula y nos convierte en zombies. Las miradas perdidas, las miradas sin ver, ciegos a lo que hacemos, ciegos al pensar, sólo reacciones y seguir caminando. Un día, la sal ácida en líquido se nos desborda de cada recipiente y empieza a perforar nuestras mejillas, nuestros labios, nuestra ropa, nuestras manos, nuestra almohada nocturna. Hasta contamina nuestra garganta. El veneno se escapa por los poros, por nuestra voz, por la respiración cada vez más agotada, por nuestros pasos cada vez más metidos en el suelo. Nuestros ojos delatores se esconden tras máscaras, ya sólo quieren escondites. Todo es tan degradable y un quedarse en blanco. La bola de espinas es un ser chiquito que luego se mete a nuestro estómago y afecta todos nuestros sistemas. Algún día, luego de su estadía usualmente extensa, salta y corre, persigue a otro. Su lugar es ocupado por un ser risueño que nos acompaña y, para hacernos reír, nos hace cosquillas. Puede crecer, pero necesita de muchos cuidados y de entretenimiento, sino se aburre fácilmente y se va a jugar a otro lado.

sábado, 2 de mayo de 2009



Algo.
Algo como un tesoro.
Resolver enterrarlo en el lugar más fértil de mi alma
para que nazcan plantas y florezcan,
florezcan con flores de mil formas y colores.

Algo.
Algo como una Luna.
Que me acompañe algunas noches
que me refleje en su soledad para no sentirme tan sola.

Algo.
Algo como una espina.
Que lastime permanentemente
pero duela de entre la carne sacarla.

Algo.
Algo como la lluvia.
Que me envuelva y me haga resfriar.
Que me aliente a saberme tranquilizar con agua no terrenal.

Algo.
Algo como el brillo de esa mirada.
Que me ayude a no llorar.
Que me sepa hipnotizar.

Algo.
Algo como alas que me ayuden a escapar.

Algo que ilumine!
Y en la opacidad de la luz resplandezca,
me quite el miedo a no ver,
a no saber llegar adónde quiero llegar.

domingo, 8 de marzo de 2009

May be not

















En medio de tanto frío, me siento tan vacía.

Aprendí o creí aprender a volar. Creí crecer a través de mis sueños.

Hoy quizá tenga que darme cuenta de que lo que aprendí, ya no vale de nada.

Quizá tenga que darme cuenta, pero no quiero.

Quizá sí entienda que mi mundo y sus principios, no siempre pueden compartirse. Quizá de ahora en más, para aparentar ser adulta, tenga que comprar una máscara y fingir, para no quedar tan desmoldada del mundo de los demás..y así, tragarme mi mundo, olvidarme un poco de él y de vez en cuando dibujarlo, para no olvidar cómo era.


Tanta frustración, tanta decepción. Me siento tan inútil..

miércoles, 4 de marzo de 2009


Las palabras que quieren salir de mi boca y no lo hacen. La inutilidad de intentar sacarlas afuera con las manos, la inutilidad de mi fuerza de voluntad. Quiero gritarlo, quiero por fin decirlo, sin tener más expectativas que las que pueden llegar a pasar y no importarme qué pase porque ya está. Algún día tiene que llegar y yo tengo que aprender a recibir ese día, ese final.

Tengo que hacerlo.
Tengo que gritarlo. Tengo que decirlo. Estoy harta de callar. Estoy harta de temer. Basta de huír. Basta de correr. Basta, basta, basta! Si algo termina, algo comienza.


El juego interminable
y la suerte..no existe.