
Cada vez que vemos ese leve objeto merodear el aire hasta contactar el suelo, pasamos inadvirtiendo qué ha ocurrido. El árbol puede que se canse a veces de tener el mismo look, lástima no entender por qué desea pelarse cuando invaden las temperaturas bajas. Cosas de árbol. Qué ideas, aunque depende de qué apellido tenga. El árbol puede que se canse a veces de sostener durante tantos meses tantos niños jugando en sus ramas, seguramente también lo agota el incesante parloterío cuando llega desde algún punto cardinal algún viajero constante y las hojas locas se divierten con él. Las hojas juegan, gritan y el viajero las cuelga de sus brazos, las hace girar, las lleva, las trae, las sopla, les hace cosquillas. Todo, y todo mientras el pobre árbol no puede moverse. Y sí. Cansancio de árbol. Pocas posibilidades le quedan cuando, encima, ve que sus inquilinas se arrugan más, se ponen duras y amarillas, secas y marrones, se quejan como abuelitas y reclaman la visita de algún viajero. Empiezan a creer que nadie se acuerda de ellas y lo aturden, aturden al árbol cansado. Son tan mañosas y caprichosas. Hojas, hojas. Y sí. Cansancio de árbol. Les pide amablemente que hagan silencio, que paguen el alquiler, que al menos lo dejen dormir y no. Ellas se le ríen. Y sí. Cansancio de árbol. Empieza a soltarlas una por una, las echa por la fuerza, pues tiene que preparar las habitaciones para la próxima temporada. Ay, hojas, insistentes, tercas y egoístas, se sostienen con todas sus fuerzas y ya no quieren la visita de nadie, porque es en esos momentos cuando es más fácil despojarlas de las ramas. Entonces, ahí, mi cansancio. Voy y las reto. A los escobazos las saco y procuro alejarlas lo más posible. Árbol, está tan cansado. Le doy una cucharada de medicina y le remuevo la tierra así se siente más cómodo y no piensa tanto en este frío de día de nubes. Ojalá pudiera hacer algo por ellos, para que se lleven bien y no tengan que hacer toda esa ceremonia anual. Aunque no lo crean, las hojas me dan un poquito de lástima. Todas por ahí, sin amparo, aunque juegan con todos los viajeros que quieren y con más libertad aún, pero son más vulnerables a ser pisoteadas por la gente que pasa, por los niños que adoran oírlas crujir.



